“El demonio en la
botella”, de Robert Louis Stevenson
Por Sheila Ferreyra
Este cuento se trata
de un hombre llamado Keawe. Él era muy pobre, activo y valiente.
Decidió viajar por
todo el mundo. Entonces se embarcó rumbo a San Francisco. Allí conoció a un
anciano que tenía una casa hermosa, que para Keawe era perfecta, ya que él era
muy pobre. El anciano le dijo que tenía esa casa gracias a una botella de más o
menos un litro en la que adentro, supuestamente, vivía un demonio.
Keawe no le creyó al
anciano que la botella era irrompible, hasta que la lanzó contra el suelo y no
se rompió.
Desde aquel
entonces, Keawe compró la botella, porque aquel que la comprara tendría al
demonio a su servicio; tendría dinero y fama, en una ciudad como esa. El
anciano le dijo: “Pero debo advertirte que una vez que se la vende desaparecen
sus poderes y su protección; a menos que uno esté satisfecho con lo que posee,
algo que acaba por sucederle. Hay algo que el demonio no puede hacer, no puede
prolongar la vida. Si su dueño muere antes de venderla, se condenará en el
infierno. También, si se la vende por lo mismo que se pagó por ella, vuelve a
uno como paloma mensajera”.
Pasó el tiempo y
Keawe estuvo satisfecho con su casa, la mujer que amaba, su dinero, todo. Pero
le agarró lepra. Keawe debía
recuperar la botella como fuese. Durante ese tiempo, esta había pasado de mano
en mano; hasta que volvió a encontrarla, pero solo valía dos centavos. Esto
significaba que aquel que la vendiera solo podía hacerlo por un centavo; y el
que la comprara (o sea, Keawe), moriría en las llamas del infierno. Keawe la
compró, Kokua (su mujer) se enteró de lo sucedido y le dijo que había una
moneda más chica que el centavo, el céntimo. Ambos le pideron a un anciano que
les comprara la botella. En resumen, la terminaron vendiendo a un contramaestre
borracho, que se fue feliz con la botella maldita.

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